Clic
La imagen se me abalanza, se me muestra en la palma de las manos y me seduce con su miel. Podría morir en esta tarde rodeado de tanta belleza. Una muerte prematura y tenaz que crezca con el sol que cae. ¿O es mi deseo de muerte que se acerca a mi propio funeral solar? Todo esto, de pronto lo sé, tiene que ver con mis propios fantasmas y el ruido suspendido que no cesa hasta alcanzar la piel tensa y lustrosa, el ruido que se mete contra los bordes, contra las pupilas contraídas por el sol en esta tarde que revienta hasta hacerse mucho más que una simple tarde y convertirse en una revelación. La imagen se muestra, provocándome. Va y viene sobre sí misma, se pone delante de los ojos para ser mirada y no vivida. No participo de esa imagen, porque para hacerlo debería de dejar de ser un espectador, pero como antes, en las imágenes reveladoras, no participo, no encajo, no destaco como el resto, me quedo apagado y ausente, y sólo me aferro a las palabras queriendo formar un puente que me conecte con ellos, con el paisaje. Es inútil y siempre lo ha sido. Las imágenes narradas tienen la virtud de no estar vivas y en ellas puedo moverme como en un cuadro: recortar las partes, entender las cuadraturas de los personajes, marcar las distancias, acercarme, quizás sólo un poco al delirio… no son más que engaños, sólo me agolpo contra la página queriendo oler los olores, queriendo sentir las sensaciones. No te engañes.
Entonces me encuentro con mi pudor y mi malicia, rodeado de esas cosas que se han ido abotonando para hacerme un traje a la medida justa, que me cubra todo para que nadie lo note, aún cuando las fibras tengan ese color llamativo y que por los ojos se me salga el deseo como una sustancia ambarina. Ahora, ese traje es toda la piel bañada en bronceador del 4, sometido al sol agotador de las 5 de la tarde, sudando sal y toxinas y pesadillas y quizás lágrimas.
El cuerpo se ha expuesto y ha sobrevivido dignamente otras veces, en otras vidas. Entonces, sin proponérmelo, viene una oleada de deseo. Se instala en los muslos y en el pecho, se me sube en la garganta, trepa hasta mi boca. Y desde ahí observa. Todo esto, pienso, es apenas un alcance de mis propias manías, están todos los elementos para alzar la imagen por encima de los hechos, por encima de mí, para conservarse. Se agita de sí misma, se ensancha, se revienta y se coloca encima de la historia misma. Trascenderá, atravesará el tiempo intocada por cualquier hombre o por cualquier sombra. Se inclinará ante su propia naturaleza para ser por sí misma, fuera de mi incluso. Fuera de mí. Sólo la observo, la recuento, la vivo.
La imagen persiste. Y la belleza termina antes o temprano. ¿Es acaso que comienza a terminar justo en este instante, que el simple hecho de enunciarlo lo convierte en posible? ¿Será que al decirlo, como un hechizo se hace real? ¿Será que todo se muere llegando al punto álgido del recuerdo, como todas las cosas, que se inclina como el río al llegar al mar, para hacer el descenso menos terrible?
Me cuelgo de esta imagen adelantada para poder reducir el dolor o el espasmo, sobreponerse al día con lo que el día tenga o a la noche en la que se desaten los nudos y los monstruos y las sirenas y los escorpiones, en la que deseo de convierta en nada, en remanencia, en gasto, en perdida. Alentándose, fuera de sí, la imagen se acomoda para ser guardada junto con las otras, magníficas, sobrevolando el abismo. Y el sueño.