1. Magnanimo

    A veces me despierto magnánimo y tengo ganas de regalar mi sonrisa. A veces me dan ganas de arrancarme la ropa para darsela al ruido y quedarme desnudo. La calle es un reguero de miradas; miraditas tiernas, miraditas tristes, miradistas de hambre. Miraditas de deseo. Y la luz de las 8 ayuda precisamente, el sol frío de las 8: sentir el frío en los pulmones, el frío en la cara, el frío persistente. Y pienso en mi edredón de plumas y en las ventajas, siempre incómodas, de tener una casa con patiecito lleno de hierbas de olor. A veces me siento magnánimo y me gustaría darle mi vida a otro. Y salgo a la calle para regalarle mi vida a alguien y entregársela envuelta en un pañuelo bordado por mi madre.

     
  2. Nomás me hacen falta unos ojos de gansito marinela para mirarme en ellos.
    — 6 to 9. Missing you!
     
  3. El espejo

    Una exposición malsana al sol le volvió la piel verde. No quiero que llores. Y la falta de oxígeno le fue aplastando la estatura, endureciendo uñas. Le fueron saliendo escamas donde antes hubo vellos minúsculos. Matilde se fue transformando poco a poco, y al verse por primera vez en el espejo no se reconoció. Enciérrate que ahí viene. Los pies, engarrotados por años, se le fueron volviendo garras de ave y aprendió a comer gatos que comen ratas, y ratas que comen excremento de gato y también excremento de gato y de rata y hasta de ella misma. Es una sucia, es una niña sucia. Salió del sótano como de un útero, frio y pestilente y no podía caminar, ni moverse.  Allí vivió meses, años, décadas hasta que perdió la noción de su propia miseria. Límpiale la cara, córtale el cabello. Ahógala en alcohol. Cumplió 20 años el martes pasado, y sólo pedía a señas que le dieran un vaso de agua. Sus ojos eran blancuzcos y opacos y su voz…. No tenía voz. Ni razón, ni nada. Matilde se fue haciendo nada. Dale la miseria y la sal para que se haga una cobija. Una santa decían unos, una mártir decían otros. Un monstruo. Pero sabía rezar en una lengua primitiva, balbuceos, sonidos guturales: ges y erres con pes entrecortadas. Habla más bajo que vas a despertarla. Y los ojos, esos ojos cuajados, hervidos en metano, van y vienen sin saber qué mirar. Acostumbrados a la penumbra, no saben ver en la luz y refugian detrás de las manos. Mírala, parece que sueña. Va relamiéndose las ganas con su lengua blanca y áspera de mono albino, aprendió a bañarse con su propia saliva y a macerarse en sus propios jugos; ese caldo pestilente de donde la sacaron, donde sobrevivió y a donde gime por volver. Se mueve inquieta en el colchón desconocido. Extraña su dormir sentada, con las nalgas cubiertas por un cayo grueso y cartilaginoso. Ronca. Extraña sus manos abrazadas a sus piernas  contra su pecho. Mira, parece que sonríe. Matilde a veces tiene un hambre atroz que no sabe saciar, las manos le faltan y le sobra el apetito, el ansia del hambre de le sube a la garganta y grita, palabras incomprensibles, aulla, muge, pero la comida no la calma, sino el sueño. Acércale la merienda por si despierta, acércale la bacinica. Cuando se sabe libre, se pone violenta. Patalea, muerde, araña, da coletazos y se retuerce. Está despertando. Y nos mira desde la cama, directamente en el espejo.

     
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    Y las voces dijeron que cambiase las delicadas holandas por una túnica grosera, que cambiase sus sábanas por otras pequeñas cuyas arrugas le lastimaran todo el cuerpo, que no tuviese otro lecho sino dos tablas en donde no hubiese cabezal alguno, ni se hallase más ropa que una delgada colcha que te tapase el cuerpo sin desnudarlo; que en los brazos, en la cintura, en los muslos amarrase cilicios de cuerda y cadenetas de acero; que en los zapatos pusiese pequeñas piedras y que algunas veces esparciese en ellas agudos clavos, y que cuando flaquease Lugarda tomara la disciplina Juana para ayudarla, y, después de pedirle que se desnudara el torso, descargara sobre su espalda los azotes, y que después pasase sus filosas uñas sobre las heridas recién hechas. Y Juana lo hace con tal perfección que Lugarda mantiene intactas las señales de su cuerpo sin permitir que cicatricen. 
Porque la penitencia es el descanso y alivio de sus penas y así que entra en ella cree hallarse en el cielo y entre los coros de ángeles. ¿No se identifica, acaso, con la madre Teresa? ¿No se acercó el ángel a Teresa el día de la transverberación? ¿No le traspasa Jesús el corazón con un enorme clavo? ¿No es ése el símbolo de sus desposorios sagrados?
El delgado límite entre carne y espíritu. Margo Glantz

    Y las voces dijeron que cambiase las delicadas holandas por una túnica grosera, que cambiase sus sábanas por otras pequeñas cuyas arrugas le lastimaran todo el cuerpo, que no tuviese otro lecho sino dos tablas en donde no hubiese cabezal alguno, ni se hallase más ropa que una delgada colcha que te tapase el cuerpo sin desnudarlo; que en los brazos, en la cintura, en los muslos amarrase cilicios de cuerda y cadenetas de acero; que en los zapatos pusiese pequeñas piedras y que algunas veces esparciese en ellas agudos clavos, y que cuando flaquease Lugarda tomara la disciplina Juana para ayudarla, y, después de pedirle que se desnudara el torso, descargara sobre su espalda los azotes, y que después pasase sus filosas uñas sobre las heridas recién hechas. 
    Y Juana lo hace con tal perfección que Lugarda mantiene intactas las señales de su cuerpo sin permitir que cicatricen. 

    Porque la penitencia es el descanso y alivio de sus penas y así que entra en ella cree hallarse en el cielo y entre los coros de ángeles. ¿No se identifica, acaso, con la madre Teresa? ¿No se acercó el ángel a Teresa el día de la transverberación? ¿No le traspasa Jesús el corazón con un enorme clavo? ¿No es ése el símbolo de sus desposorios sagrados?

    El delgado límite entre carne y espíritu. Margo Glantz

     
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    El río es como un dios que se inclina sobre sus hijos…

    El río es como un dios que se inclina sobre sus hijos…

     
  6. Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.
    — José Vasconcelos, (1882-1959)
    Filósofo, educador y político mexicano.
     
  7. Una loca germinal

    Una loca germinal es capaz de todo: cambiarse el nombre y cortase la cola de sirena verde. O aventarse por la ventana sientiendo que el aire se le va mientras vuela, hasta estrellarse contra las flores de fresa del jardín. Y aislada, vidente como pocas, a la pobre Julieta se le eriza la piel porque no puede erizársele el alma. Descocida y fría, se ha vuelto un poco animal y un poco roca, muge, maúlla, grita. Quiere aventarse contra la ventana, que las cortinas de tergal francés la rocen, la equilibren y la cubran. Una santa. La virgen Julieta atravesada por la matriz vacía de su madre. Inflamada de la entrepierna de su padre. Y si es germinal, si es vegetal y posible, es por la bruma que desciende sobre ella, bendiciéndola en las noches de nembutal y caldo de pollo frío. Y gelatina de fresa. Una mujer es capaz de todo, hasta de olvidar su ruina para creerse cuerda. Enloquecida de amor, de amor por nadie, de amor sin ella, Julieta tiene que enseñar a las estrellas a brillar y la envidiosa luna le arranca los ojos de ruido y de sombra.

    Porque tiene sus soles, negros, apagados, pero soles que la arrastran dentro de ella misma hasta colmarla. Está encerrada y triste. Cuando el nembutal falta se pone rabiosa y quiere salirse de ella  para ser una semilla del árbol torcido. Para ser un pedazo de tela, una pluma que caiga lento al piso. Para ser la serpiente y morderse la cola. 

     
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    2 de febrero
Me despierto y una gota de sangre cae al piso. Rojo sobre la madera. 33 años. Como dice mi madre, la sangre viva que quiere salir es el gozo de estar vivo.Cierro los ojos.
Con Bach salgo a caminar para mi primer festejo:Café con leche, cargado, sin azúcar y panque de naranja.(La culpa son estas nostalgias que me vienen a todas horas…)La ciudad está ansiosa por ser habitada y voy viviéndome en ella, estos 33 años.
Extraño despertar con las mañanitas de Pedro Infante en casa de mis papas y un abrazo comunitario. Mi hermana está en cama, intentando retener al hijo que se le quiere salir. Es la vida, pienso, que siempre, siempre quiere salirse de uno para habitar por su propia cuenta la ciudad. La sangre.  
Esta mañana me toma por sorpresa la dicha. Una dicha no literaria como otras veces, ni mística ni neblinosa. Una dicha de carne y hueso, contundente, del estar y querer estar al fin vivo. 33 años. Esta vez ya no es la edad, sino la consciencia, la causa, el efecto, la fuerza de ser, desde el fondo de mí, yo mismo.
2 de febrero. La sangre viva quiere salírseme. Se sale. Estoy vivo.

    2 de febrero

    Me despierto y una gota de sangre cae al piso.
    Rojo sobre la madera. 33 años.
    Como dice mi madre, la sangre viva que quiere salir es el gozo de estar vivo.
    Cierro los ojos.

    Con Bach salgo a caminar para mi primer festejo:
    Café con leche, cargado, sin azúcar y panque de naranja.
    (La culpa son estas nostalgias que me vienen a todas horas…)
    La ciudad está ansiosa por ser habitada y voy viviéndome en ella, estos 33 años.

    Extraño despertar con las mañanitas de Pedro Infante en casa de mis papas y un abrazo comunitario. Mi hermana está en cama, intentando retener al hijo que se le quiere salir. Es la vida, pienso, que siempre, siempre quiere salirse de uno para habitar por su propia cuenta la ciudad. La sangre.  

    Esta mañana me toma por sorpresa la dicha. Una dicha no literaria como otras veces, ni mística ni neblinosa. Una dicha de carne y hueso, contundente, del estar y querer estar al fin vivo. 33 años. Esta vez ya no es la edad, sino la consciencia, la causa, el efecto, la fuerza de ser, desde el fondo de mí, yo mismo.

    2 de febrero. 
    La sangre viva quiere salírseme. 
    Se sale. Estoy vivo.

     
  9. La vida está siempre amenazada, hay que fabricar instintivamente, como las abejas, un sentido. Incapaz de considerar mi propio enigma, digo: no es el propio yo el que cuenta, sino su Musa, el Canto Universal.
    — Ricargo Piglia, La ciudad ausente.
     
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    Clic
La imagen se me abalanza, se me muestra en la palma de las manos y me seduce con su miel. Podría morir en esta tarde rodeado de tanta belleza. Una muerte prematura y tenaz que crezca con el sol que cae. ¿O es mi deseo de muerte que se acerca a mi propio funeral solar? Todo esto, de pronto lo sé, tiene que ver con mis propios fantasmas y el ruido suspendido que no cesa hasta alcanzar la piel tensa y lustrosa, el ruido que se mete contra los bordes, contra las pupilas contraídas por el sol en esta tarde que revienta hasta hacerse mucho más que una simple tarde y convertirse en una revelación. La imagen se muestra, provocándome. Va y viene sobre sí misma, se pone delante de los ojos para ser mirada y no vivida. No participo de esa imagen, porque para hacerlo debería de dejar de ser un espectador, pero como antes, en las imágenes reveladoras, no participo, no encajo, no destaco como el resto, me quedo apagado y ausente, y sólo me aferro a las palabras queriendo formar un puente que me conecte con ellos, con el paisaje. Es inútil y siempre lo ha sido. Las imágenes narradas tienen la virtud de no estar vivas y en ellas puedo moverme como en un cuadro: recortar las partes, entender las cuadraturas de los personajes, marcar las distancias, acercarme, quizás sólo un poco al delirio… no son más que engaños, sólo me agolpo contra la página queriendo oler los olores, queriendo sentir las sensaciones. No te engañes.
Entonces me encuentro con mi pudor y mi malicia, rodeado de esas cosas que se han ido abotonando para hacerme un traje a la medida justa, que me cubra todo para que nadie lo note, aún cuando las fibras tengan ese color llamativo y que por los ojos se me salga el deseo como una sustancia ambarina. Ahora, ese traje es toda la piel bañada en bronceador del 4, sometido al sol agotador de las 5 de la tarde, sudando sal y toxinas y pesadillas y quizás lágrimas. 
El cuerpo se ha expuesto y ha sobrevivido dignamente otras veces, en otras vidas. Entonces, sin proponérmelo, viene una oleada de deseo. Se instala en los muslos y en el pecho, se me sube en la garganta, trepa hasta mi boca. Y desde ahí observa. Todo esto, pienso, es apenas un alcance de mis propias manías, están todos los elementos para alzar la imagen por encima de los hechos, por encima de mí, para conservarse. Se agita de sí misma, se ensancha, se revienta y se coloca encima de la historia misma. Trascenderá, atravesará el tiempo intocada por cualquier hombre o por cualquier sombra. Se inclinará ante su propia naturaleza para ser por sí misma, fuera de mi incluso. Fuera de mí. Sólo la observo, la recuento, la vivo.
La imagen persiste. Y la belleza termina antes o temprano. ¿Es acaso que comienza a terminar justo en este instante, que el simple hecho de enunciarlo lo convierte en posible? ¿Será que al decirlo, como un hechizo se hace real? ¿Será que todo se muere llegando al punto álgido del recuerdo, como todas las cosas, que se inclina como el río al llegar al mar, para hacer el descenso menos terrible?
Me cuelgo de esta imagen adelantada para poder reducir el dolor o el espasmo, sobreponerse al día con lo que el día tenga o a la noche en la que se desaten los nudos y los monstruos y las sirenas y los escorpiones, en la que deseo de convierta en nada, en remanencia, en gasto, en perdida. Alentándose, fuera de sí, la imagen se acomoda para ser guardada junto con las otras, magníficas, sobrevolando el abismo. Y el sueño.  

    Clic

    La imagen se me abalanza, se me muestra en la palma de las manos y me seduce con su miel. Podría morir en esta tarde rodeado de tanta belleza. Una muerte prematura y tenaz que crezca con el sol que cae. ¿O es mi deseo de muerte que se acerca a mi propio funeral solar? Todo esto, de pronto lo sé, tiene que ver con mis propios fantasmas y el ruido suspendido que no cesa hasta alcanzar la piel tensa y lustrosa, el ruido que se mete contra los bordes, contra las pupilas contraídas por el sol en esta tarde que revienta hasta hacerse mucho más que una simple tarde y convertirse en una revelación. La imagen se muestra, provocándome. Va y viene sobre sí misma, se pone delante de los ojos para ser mirada y no vivida. No participo de esa imagen, porque para hacerlo debería de dejar de ser un espectador, pero como antes, en las imágenes reveladoras, no participo, no encajo, no destaco como el resto, me quedo apagado y ausente, y sólo me aferro a las palabras queriendo formar un puente que me conecte con ellos, con el paisaje. Es inútil y siempre lo ha sido. Las imágenes narradas tienen la virtud de no estar vivas y en ellas puedo moverme como en un cuadro: recortar las partes, entender las cuadraturas de los personajes, marcar las distancias, acercarme, quizás sólo un poco al delirio… no son más que engaños, sólo me agolpo contra la página queriendo oler los olores, queriendo sentir las sensaciones. No te engañes.

    Entonces me encuentro con mi pudor y mi malicia, rodeado de esas cosas que se han ido abotonando para hacerme un traje a la medida justa, que me cubra todo para que nadie lo note, aún cuando las fibras tengan ese color llamativo y que por los ojos se me salga el deseo como una sustancia ambarina. Ahora, ese traje es toda la piel bañada en bronceador del 4, sometido al sol agotador de las 5 de la tarde, sudando sal y toxinas y pesadillas y quizás lágrimas.

    El cuerpo se ha expuesto y ha sobrevivido dignamente otras veces, en otras vidas. Entonces, sin proponérmelo, viene una oleada de deseo. Se instala en los muslos y en el pecho, se me sube en la garganta, trepa hasta mi boca. Y desde ahí observa. Todo esto, pienso, es apenas un alcance de mis propias manías, están todos los elementos para alzar la imagen por encima de los hechos, por encima de mí, para conservarse. Se agita de sí misma, se ensancha, se revienta y se coloca encima de la historia misma. Trascenderá, atravesará el tiempo intocada por cualquier hombre o por cualquier sombra. Se inclinará ante su propia naturaleza para ser por sí misma, fuera de mi incluso. Fuera de mí. Sólo la observo, la recuento, la vivo.

    La imagen persiste. Y la belleza termina antes o temprano. ¿Es acaso que comienza a terminar justo en este instante, que el simple hecho de enunciarlo lo convierte en posible? ¿Será que al decirlo, como un hechizo se hace real? ¿Será que todo se muere llegando al punto álgido del recuerdo, como todas las cosas, que se inclina como el río al llegar al mar, para hacer el descenso menos terrible?

    Me cuelgo de esta imagen adelantada para poder reducir el dolor o el espasmo, sobreponerse al día con lo que el día tenga o a la noche en la que se desaten los nudos y los monstruos y las sirenas y los escorpiones, en la que deseo de convierta en nada, en remanencia, en gasto, en perdida. Alentándose, fuera de sí, la imagen se acomoda para ser guardada junto con las otras, magníficas, sobrevolando el abismo. Y el sueño.